Sin confianza, ni agilidad ni velocidad

Hace unos meses tuve la oportunidad de asistir a un partido de Polo en el Club de Polo de Chantilly. A los que estábamos viendo nos explicaron en un momento las reglas, los riesgos y el sistema de puntuación de este -para mí- desconocido deporte. Los equipos se reunieron enseguida, planificaron su táctica y salieron a competir.

Un deporte que exige agilidad y velocidad para alcanzar los objetivos pero que tiene que apoyarse en equipos auto-organizados, individuos con un objetivo claro, que confían unos en los otros, se conocen, se comunican de formas que a veces solo ellos son capaces de comprender y se comprometen sin fisuras a dar lo mejor de sí para que el equipo gane.

Aunque existen grandes diferencias con un proyecto SCRUM, todo esto tiene grandes similitudes. La maestría se logra al conocer las reglas, las herramientas o los roles es imprescindible, pero solo un primer paso. Generar confianza en el equipo y desarrollar las competencias emocional es un aspecto clave para alcanzar al excelencia.

En el caso de SCRUM, esa maestría se consigue a través de la práctica constante de su marco de trabajo, la planificación y revisión de los sprints de las reuniones diarias y, sobre todo, de la retrospectiva, en la que el equipo encuentra continuamente formas de mejorar las dinámicas internas de trabajo. Y tal maestría se consolida cuando la organización funciona con éxito, los clientes lo valoran y los usuarios lo aprecian.

Las reglas son importantes pero la confianza es determinante para convertir conocimiento en sabiduría y alcanzar la excelencia.

 

Lino Pazó